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LA ABERRACIÓN DEL CAMPESINO DE PÉRIGORD

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Roberto el Piadoso, que a
duras penas dominaba su pequeño reino francés y que, amargado y cansado delas
intrigas cortesanas, se recogió en un noble y severo ascetismo, a terminar sus
espléndidas composiciones y sus himnos, impregnados de austera grandeza.
En tanto que el piadoso
monarca componía su admirable «Veni sanete Spiritus», se insinuaba en su corte
el bizantino radicalismo rural, sublimado y filosóficamente refinado. Nada más
fácil desde entonces que aprovechar también las ideas modernas en los manejos
contra el supuesto tirano.
La misma ambiciosa reina
Constanza se encargó de presentarle a su confesor aquel campesino del Périgord,
que ella trajera consigo de Aquitania, «tierra de herejes», a la corte. Además
de ellos, asistieron a la entrevista algunos nobles y clérigos de la Iglesia de
la Santa Cruz de Orleáns, todos muy piadosos y respetados en el reino.
Las vestiduras del pobre
aldeano eran limpias, bien ceñidas y dobladas las bandas de las piernas y
cepilladas con esmero las sandalias. El cabello lo usaba largo y cuidado como el
de cualquier noble que en los juegos de corte representase un papel de
campesino. Únicamente el rostro difería bastante del de un gentilhombre en
papeles de juglar, como si le faltase la indispensable caracterización.
Su expresión absorta, y al
mismo tiempo cruel, la fría quietud de sus ojos y la forma despectivamente
huidiza de hablar, causaron en los cortesanos una impresión imborrable. Parecía
más soberano, más familiarizado con las trianeras imperiosas de la majestad
coronada que el mismo rey Roberto. El dialecto en que se expresaba lo conocían
muy bien la reina y el confesor, por haberlo hablado de niños con los criados y
criadas nativas.
Por más que en muchos
aspectos pareciese un labriego, era muy superior a cuantos labriegos conocían
este que ahora tenían delante; de suerte que bien pronto se sintieron fascinados
por él los nobles caballeros nórdicos, a pesar de que la mayor parte no sabía
interpretar sus expresiones, giros y parábolas.
Les bastaba para ello su
conocimiento del valor y la osadía.
Porque aquel hombre estaba
hablando y comportándose desde el primer instante con temeridad manifiesta. Si
no era un auténtico iluminado, tenía que ser el mismo Satanás quien tan seguro
se mostraba de su invulnerabilidad, que ni aun se cuidaba de protegerse
razonablemente.
El coloquio tuvo lugar
entre el confesor y el campesino exclusivamente, sin que nadie, ni aun la reina,
terciase en él. En cambio, todos escuchaban con la misma atención que hubieran
puesto en los lances de un torneo en el que fuese a jugarse la suerte de todo un
reino.
Confesor: «Nada tienes que
temer, pues somos...», había empezado estimulando, hasta que sorprendió en el
gesto de su colocutor una expresión de sutil ironía y sorprendente confianza,
que le obligó a cortar con la precipitada invitación:
«Puedes hablar.» El
campesino repuso que mejor sería que le preguntasen. Y a la pregunta de quién
había hecho el mundo, contestó con ésta:
«¿Cuál?» «El que hay. El
mundo de Dios y de los Lumbres» «Hay dos mundos: el visible y el invisible»,
corrigió el interrogado.
«Está bien. Está bien.
Dinos entonces, ¿quién hizo los dos mundos?»
«Dios lo hizo todo.»
«¡Entonces...»
«Menos el mundo visible»,
concluyó.
«Pero, bueno, ¿no dices que
Dios lo hizo todo?», insistió el confesor, desconcertado.
«Dios no hizo más que
ordenar el mundo visible, pues lo visible es impuro. Y lo impuro se lo ha cedido
al Enemigo.»
«Pues Cristo, Hijo de Dios,
se ha hecho visible en carne mortal», objetó el confesor con visible emoción.
«El nacimiento visible de
Cristo no ha tenido lugar», afirmó rotundo el campesino, sin pestañear.
Algunos clérigos se
pusieron en pie de un salto. El confesor miró a la reina todo sonrojado, como
preguntándole mudamente si debería suspender el coloquio o no. Ella le
tranquilizó cerrando brevemente los ojos. Pero ahora ya fue el campesino de
Périgord quien, con imperioso movimiento de su mano, puso término a la
tempestad. Había rogado que le preguntasen y contestado según su leal saber y
entender. Llegaba al fin la hora de terminar con las preguntas, tomando él solo
la palabra para decir :
«Cuando Cristo debió ser
engendrado, no estábamos presentes nosotros. Nosotros no podemos creer que lo
que se pretende fue cierto. Toda carne y toda materia es impura. El matrimonio,
puesto que persigue el goce carnal, es un pecado indiscutible. El trato carnal
del hombre con la mujer mancha por igual a los dos, y la carne que tomamos como
alimento, también impurifica nuestras vidas. El bautismo es una ilusión, porque
ningún hombre es susceptible de bautismo. La santa comunión, lo mismo que la
confesión, deben ser rechazadas por quiméricas. La jerarquía eclesiástica, con
todo su poder y todo su esplendor, no pasa de un engaño, de cosa meramente
mundana y repudiable. No hay obra de las que nosotros llamamos piadosas que no
sea inútil, engañosa, de fondo estrictamente mundano e hipócrita, merecedora de
recusación. Las oraciones salen de labios carnales y van a parar a oídos
carnales; son cosa del mundo y debemos renunciar a ellas. No hay ninguna cosa
íntima a no ser la fe, única válida entre tantas falaces. Nosotros, los
cristianos verdaderos, vivimos de manjares celestiales. Si un verdadero creyente
pone su mano sobre vosotros, todas vuestras culpas quedan perdonadas, en cuanto
vosotros seáis también creyentes. Con esto hay bastante. Entonces desciende
sobre vosotros el Espíritu Santo, a iluminaros el recóndito sentido de las
Sagradas Escrituras, y el alma ya no vuelve a sentir. necesidades.»
Reina, clérigos y
cortesanos oían pasmados al campesino, sin dejar sus asientos, ni mostrarse tan
escandalizados de su satánica locura como fuera de esperar; más bien parecían
encontrar de pronto razonables sus blasfemias, cuando ni el cielo se desplomaba
sobre él ni la tierra se abría y lo devoraba.
En cuanto al disertante,
allí estaba frente a ellos sin muestras de emoción, en la actitud correcta y
disciplinada de uno de tantos mancebos de la corte, hablando en el mismo tono
mesurado de los servidores bien educados. Nada sucedió después de estas
increíbles afirmaciones, y el silencio tranquilo con que el cielo y los hombres
respondían a tan enorme provocación, parecía darle la razón al retador.
Aquel auditorio estaba
preparado, sin duda, para oír la exposición de una herejía poco corriente y la
esperaba del campesino.
Sólo que la esperaba en
forma de doctrina filosófica puramente abstracta, encauzada con palabras
susceptibles de sutiles análisis, de adaptación y de interpretación diversa.
Y el campesino que
contemplaban no se limitaba a enseñar, hilando atrevidas teorías, sino que vivía
lo que predicaba; no jugaba a distraer a unos poderosos cortesanos, porque los
sentimientos y convicciones que ante ellos proclamaba eran auténticos, sinceros
y poco halagüeños. El temerario forastero hablaba de hechos, o más bien de un
hecho, en el que deberían tomar parte todos, como en un regicidio los
conjurados, si bien aquí alcanzaba la conjura insuperable magnitud, al perseguir
la muerte de un Dios, que el jefe de la conjura reputaba de Satán.
Ellos habían esperado la
enunciación de ideas de un modernismo extremo, bien meridionales, bien
orientales, a las que hasta cierto punto ya propendían. Les hubieran servido las
ideas y teorías presentidas para facilitar las intrigas cortesanas y aun para
simple entretenimiento, malicioso o sentimental, según el temperamento y el
humor de cada cual. Pero aquel campesino no era ningún necio, al que se le
pudiera ofrecer una gratificación después de una conversación interesante y
despedirlo una vez sonsacado lo que de él querían.
En unos instantes habían
visto desgarrarse el velo de una amable ilusión, para dar paso a la cruda
realidad de un poder glacial e ineluctable, superior al del rey Roberto y al del
emperador Enrique, más efectivo y resuelto que todos los emperadores y papas
terrenos, imperante a buen seguro en proximidad inminente y actuante, aunque
invisible, de modo más efectivo que Cristo, cuyo nacimiento se le hacía
simplemente increíble al fanático campesino.
Como si éste leyese los
secretos pensamientos de su asombrado auditorio, propuso sonriente, con aquella
intrépida franqueza que a todos desarmaba:
«Dadme la muerte en la
hoguera, que a mí ningún daño puede hacerme. Mi alma se está viendo triunfante e
inmortal al lado del Rey de los cielos»
De modo que ni esta
solución les quedaba. Las palabras dichas estaban y la acción realizada. Una
acción que nadie podría ya desterrar del mundo con sólo quemar al osado
ejecutor. Bien al contrario, deberían tratar de conservarlo por todos los medios
como las niñas de los propios ojos y protegerlo del rey Roberto, a fin de
averiguar por dónde había podido llegar aquel hombre a las creencias que tan
firmemente profesaba.
Y averiguaron, en efecto,
qué era lo que había hecho del campesino un hereje. Claro que no lo averiguaron
en tres días, como habían esperado, sino en tres años. Durante todo este tiempo
llegaron a la condición de adeptos suyos, identificándose con él y olvidando que
un día se habían propuesto servirse de la herejía para su intrigas.
Ahora todo había cambiado
hasta el punto de que nobles y clérigos en la corte del rey Roberto anhelaban
morir en estado de pureza y les allanaban el camino de la delación a los espías
del Rey.
Con todo, no tuvo lugar
hasta diciembre de 1.022 el acontecimiento de condenar a la muerte en la hoguera
a doce de ellos, como primeros herejes de Occidente; castigo que en el Derecho
Consuetudinario les estaba reservado a los acusados de brujería. A nuestros
cortesanos poco les importó ni la tortura, ni lo inadecuado de la calificación
jurídica, pues subieron sonriendo a la pira el 28 de aquel mes y en ella
perecieron.
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