RUSIA SE CONVIERTE EN GRAN POTENCIA

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El 27 de junio de 1709 hacia las 2 de la tarde resonaron sobre el campo las últimas salvas de los dispersos grupos del ejército sueco. Entonces se extendió un silencio impresionante. La batalla había terminado, ya no existía ningún ejército invasor sueco.
Hacia esa hora, cuando los valientes defensores de la pequeña «fortaleza de bolsillo» de Poltava salían corriendo por encima de los arrasados muros y empalizadas para reunirse con las victoriosas tropas de socorro del zar Pedro, un montón desarrapado, desastrado de guerreros heridos en su mayoría, de maldicientes cantineras y de arrieros se reunía alrededor de los pocos estandartes que quedaban en el campamento sueco. Pero los suecos tenían todavía su rey –eso parecía suficiente. El rey Carlos XII –el “bufón real”, como algunos lo llamaban, o el «nuevo Alejandro», como le gustaba ser llamado- yacía, herido en una pierna, sobre una yacija en su carromato. Es característico para él que inmediatamente mandara batir los tambores, hacer sonar jubilosamente las trompetas y cantar la decisiva derrota que había sufrido como una victoria. A continuación, la hueste de sus soldados, de salvaje aspecto, marchó hacia el sudeste, hacia la estepa ucraniana. La insensata y desordenada campaña oriental de Carlos XII había terminado. En este mismo día, Suecia dejó de ser una de las grandes potencias europeas.
Y eso que el salvaje ataque sueco había empezado tan bien. Antes de la batalla de Poltava ya duraba nueve años la «guerra nórdica». El joven rey sueca había avanzado con su ejército pequeño, pero perfectamente adiestrado, por en medio de Polonia hacia Sajonia, había humillado y echado del trono polaco a Augusto el Fuerte. A los rusos les había dado una buena lección en 1700 cerca de Narva, porque el Báltico tenía que convertirse en un mar sueco.
Entonces el «Alejandro norteño», siguiendo su sino aventurero, había empezado a ir de un lado a otro, había dado la mano a los levantiscos cosacos de Ucrania, despreciando profundamente a los rusos, ese pueblo de campesinos pesado y subdesarrollado. Cediendo a un capricho, quiso tomar la ridículamente sin importancia plaza de Poltava y dispuso sus agotados regimientos, que ya no tenían más que cuatro culebrinas, para el asalto. Y aunque no fueran más que regimientos harapientos con la pólvora mojada y las armas oxidadas, eran, según su concepción, suecos, vikingos, héroes, todos y cada uno de ellos. Y en medio del asalto a Poltava había comenzado a extenderse por la estepa un ejército ruso organizado totalmente de nuevo a las órdenes del zar Pedro, que había atacado a los suecos por la espalda. Se acabó la gran potencia de Suecia. Y la historia volvía a cumplir la ley de que a la caída de una gran potencia surge de sus escombros una nueva: la consiguiente magnitud, que Europa y el mundo tendrían que tener muy en cuenta en el futuro, se llamaba Rusia, la nueva Rusia de Pedro I. Hacía casi exactamente un siglo que el gran rey Wasa Gustavo Adolfo II fundamentó la posición hegemónica de Suecia en el ámbito septentrional y báltico merced a sus victoriosas campañas contra Rusia (1609-1617) que le reportaron en beneficio Ingria y Carelia, mediante la con-quista de Polonia (1621-1629) y la adquisición de Livonia. Entonces, Gustavo Adolfo II intervino en la guerra de los treinta años; había marchado a través del imperio germánico hasta Munich y soñaba ya con la corona imperial; pero había caído en 1632 en la batalla de Lützen.
¿Qué había sido en cambio Rusia en todos los decenios y siglos pasados?
Un sombrío espantajo sin significado, una inconcebible superficie de tierra sin peso político alguno. ¿Quién habría tomado en serio, en Europa Occidental, las noticias provenientes del inmenso y alejado espacio ruso?
Desde la invasión mongola de 1223, los múltiples principados rusos habían vivido bajo el yugo tártaro. Mas una casa Rurik de los grandes príncipes de Moscú había comenzado lentamente a «reunir tierras rusas». Fueron precisamente estos moscovitas los que bajo Iván III quebraron el yugo mongol, conquistaron en 1478 la vieja Novgorod y comenzaron a avanzar, al mismo tiempo, Dñeper abajo, hacia Ucrania, lván III se había casado en 1472 con la última descendiente de los emperadores bizantinos, Sofía, y se había nombrado heredero -para mofa de Europa- de la idea imperial. De ahí en adelante, los príncipes de Moscú se denominaron zares. La vieja águila bicéfala de Roma, de Oriente-Bizancio, que se había hecho rusa, miraba tanto hacia Asia como hacia Europa, y Moscú se llamó de ahí en adelante «la tercera Roma» (después de Roma y Bizancio). Los rusos adoptaron osadamente, en adelante, la idea romana del protectorado del cristianismo y la pretensión de dominio universal. Pero este imperio zarista hecho de pegotes de muchos principados feudales y grupos étnicos estaba tan atrasado, tan mal organizado, que todavía un siglo antes de Poltava (1605), un ejército polaco podía marchar fácilmente hasta Moscú. A la naciente dinastía de zares de los Románov, fundada por Mijail Fiodorovich en 1613, se enfrentaba el señorío arbitrario de los boyardos, grandes terratenientes medievales.
Pedro Románov (1672-1725), educado e influido a la europea, resultó entonces, a pesar de todas sus cualidades imprevisibles, bárbaras y violentas, un genio. Supo imponerse, en primer lugar, a su hermanastra Sofía. Le ayudaron en ello los regimientos de los preobachenski adiestrados a la alemana.
Entonces se volvió contra los boyardos, ordenó que les cortaran sus anticuadas barbas, y les quitó todo el poder y la influencia. Comprendió que Rusia sólo se podía con-vertir en algo notable si aprendía a fondo los desarrollos logrados en el Oeste. El zar Pedro se fue de incógnito a Zaandam en Holanda para aprender, acompañado de su primer consejero y ministro Menchíkov. la profesión de constructor naval y carpintero. Se convirtió en el hombre que carpinteó la nueva Rusia. El año 1700 aún había sido vencido en Narva Mas ya en 1703 fundó S. Petersburgo como ventana al mar Báltico, hizo construir navíos de guerra y mercantes. El papel de Moscú había terminado al igual que el de los viejos rusos, los boyardos, supersticiosos semi asiáticos. Con dinero, títulos y prestigio, este zar compró técnicos por toda Europa: franceses, alemanes, holandeses e ingleses. El gigantesco imperio fue empujado a la nueva época con el knut. Instrumento de castigo zarista que consistía en un látigo de varias correas de cuero terminadas en bolas de metal.
Además de la flota rusa surgió el nuevo ejército -armado con cañones y fusiles de Occidente. En Poltava realizó la prueba de sus habilidades. Ahora lo vieron también los príncipes y diplomáticos de Europa: ahí estaba naciendo algo amenazador: ¡el imperio zarista!
Rusia había iniciado su camino consecuente por la historia mundial. Todavía era demasiado débil y demasiado lista para salir abiertamente de conquista, tal como lo señalaba su finalidad bizantina como tercera Roma. Mas Pedro el Grande escribió ya en su (discutido) testamento de 1725, que en adelante no debería dejar pasar desaprovechado ningún momento de debilidad militar o política de sus vecinos Turquía, Polonia, Suecia, el Báltico o Persia. Pedro formulaba ya la idea rectora que luego, en tiempo de Catalina la Grande, expresó el poeta de la corte Derzhavin:
«Siempre que los otros se peleen en el oeste, da un pasito adelante, ¡oh madrecita Rusia!».
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